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Ideas ·

Colección Filosofía a contratiempo

El cauce y la intemperie

Un pequeño ensayo a partir de las enseñanzas de Jordan Peterson.

Ilustración de los tres estados del agua: a la izquierda un glaciar de formas cristalinas, a la derecha nubes de vapor que se arremolinan y se dispersan, y entre ambos un río azul profundo que avanza serpenteando entre piedras bajo una luz ocre de amanecer.

A veces me parece curiosa nuestra obsesión en encontrar el orden en la vida. Los años se nos pasan armando un refugio, una fortaleza, y cuando por fin la tenemos en pie, con los muros levantados, nos damos cuenta de que hemos construido una jaula. La seguridad, tan deseada por la gente bien, la gente prudente, da la idea de libertad, hasta que tratan de salir.

Escuché el otro día que la vida se da en la frontera entre el orden y el caos, en esa rayita que se encuentra entre el yin y el yang, entre lo que conocemos y lo que todavía no sabemos cómo enfrentar. Esa idea me recuerda los estados del agua.

Primero está el hielo, siempre impecable, cada átomo en su sitio, transparente, todo bajo control. Tanta perfección lo deja inmóvil.

Cuando es vapor es lo contrario. Se escapa por las rendijas sin permiso y va por donde se le antoja. Es libre, tanta libertad no le deja llegar a ninguna parte, está en todo pero no llega a nada.

El agua líquida tiene algo de los dos. No tiene una forma fija, pero tampoco se pierde por ahí. Encuentra un cauce, rodea obstáculos y sigue adelante. No necesita que el paisaje se acomode a sus planes.

Tal vez nuestra vida se parezca bastante a ese río.

He pasado buena parte de la mía construyendo cosas: una carrera, una familia, una casa, proyectos y rutinas. Algunas las disfruto con amor, otras con entusiasmo. No reniego de ninguna. Me ha costado lo mío llegar hasta aquí.

Pero hay una trampa. Conforme el río crece y todo va conforme a los planes, aparece la tentación de congelarlo. Dejar las cosas exactamente como están. No arriesgar demasiado, no mover nada, no empezar de nuevo. Como si la mejor manera de cuidar lo que hemos construido fuera dejar de vivir como si cada día fuera un día nuevo, una nueva oportunidad.

Del otro lado está el problema contrario, luego nos imaginamos que la vida es mejor sin horarios, sin reglas, sin nadie que le diga qué hacer. La creatividad pura, flotando por el mundo como el vapor. Una idea muy romántica, sobre todo si nunca has intentado aprender a tocar un instrumento.

Mi amigo Luis me contó una historia del flautista Jean-Pierre Rampal. Una mujer le dijo que daría la mitad de su vida por tocar como él, llevo treinta años practicando diez horas diarias, la mitad no le alcanza señora, la libertad necesita estructura, la creatividad también se trabaja.

Uno puede pasarse la semana siendo el ingeniero Godínez en su área de confort que dan los años, resolviendo problemas y tomando decisiones, para llegar el sábado por la mañana a una sala llena de músicos veinte años menores y descubrir que no puede leer una frase sencilla sin tropezarse tres veces.

Ahí se acaban los títulos, la experiencia y las grandes teorías. Los dedos tienen sus propias ideas.

Pero hay algo divertido en volver a empezar. Cada pequeño avance abre una puerta que antes estaba cerrada. La disciplina nos da un cauce; los errores nos enseñan caminos que no habíamos visto. Necesitamos ambos.

Ese se ha convertido en mi dilema de todos los días: darle un poco de orden a mi caos y un poco de caos a mi orden, un poco de Nietzsche a Schopenhauer.

Entre el hielo y el vapor está el agua, que sigue avanzando sin pedirle garantías al paisaje.

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